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miércoles, 16 de febrero de 2011

Mira fijamente el libro que tiene delante. Relee un par de veces una frase y subraya alguna que otra palabra. Intenta estudiar. Debe estudiar. Sin embargo, su mente se encuentra muy lejos de aquella habitación en la que se ha encerrado. Necesita concentrarse. Un último empujón y todo habrá acabado. A penas le quedan 3 meses de instituto y acabará para siempre. Pondrá punto y final a una etapa de su vida. Si todo sale bien, el curso siguiente empezará la universidad. Aunque le da algo de miedo, tiene ganas de ver cómo funcionan las personas y las cosas ahí dentro. Tiene que esforzarse para no llevarse ningún susto. Un escalofrío recorre su cuerpo envuelto con una manta rosa. ¡Concéntrate! Se ha repetido unas diez veces en lo que va de noche. Pero es incapaz, su cabeza no quiere aterrizar sobre el libro. ¿Por qué todo tiene que ser siempre tan difícil para ella? Vale que no es ninguna santa, pero nunca ha hecho daño a nadie. Al menos, no a conciencia. Cree que no se merece todo lo que le pasa. Con el dedo corazón de su mano izquierda atrapa una lágrima que intentaba recorrer su cara. "Cuando estás triste, el ojo izquierdo es el primero en soltar una lágrima", recuerda que leyó hace poco. Sonríe. Nunca se había dado cuenta hasta ahora. Se sorprende a sí misma de todo el tiempo que llevaba sin llorar. Últimamente ha estado más fuerte, más segura. Los golpes de la vida te enseñan a madurar. Aunque en el momento que los recibes no lo ves así, en realidad son una pequeña ayuda procedente de ahí arriba. Respira hondo. Vuelve a leer las palabras subrayadas en amarillo sin prestar demasiada atención. Mira el reloj. Es tarde. Cierra el libro. Ya está bien por hoy. Mañana será otro día. Se acuesta, pero no puede dormir. Cierra los ojos con todas sus fuerzas y esta vez ni se molesta en reprimir las lágrimas que nacen de sus azules ojos. Sabía que iba a ser difícil, y que unos días lo vería menos claro que otros. De lo que está segura es de que no va a rendirse sin haber jugado todas sus cartas. Le gusta pensar que algún día la persona por la cual está derramando esas amargas lágrimas, será la misma que le dibuje todos los días la mejor de sus sonrisas. Sin embargo, para que eso pase necesita que se la quite de la cabeza. Está totalmente eclipsado. Pero, por suerte para ella, los eclipses no duran eternamente. Al menos, eso dicen.

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