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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Siete de noviembre.

El siete de noviembre es un día bonito, por varias razones. El siete es uno de mis números favoritos. En noviembre ya hace frío, y me encanta el frío. Sólo queda poco más de un mes para que llegue la Navidad. El 7 de noviembre de 1822 se inaugura la Universidad Complutense de Madrid. El 7 de noviembre de 1886, se abole la esclavitud en Cuba. El 7 siete de noviembre de 1929 se abre al público el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y el 7 de noviembre de 1993, nace mi mejor amiga.

Y sí, habéis leído bien, digo que nace mi mejor amiga. No "la que fue mi mejor amiga", ni "una de mis mejores amigas a día de hoy", sino mi mejor amiga. No desde siempre, pero sí para siempre. 

No hay siete de noviembre que no me despierte pensando en ella, y dándole las gracias a Dios por haberla puesto en mi vida, en mi camino. Sinceramente, creo que si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, no seríamos ni la mitad de lo que somos ahora mismo. Si hubiésemos sido compañeras de clase, no se habría quedado más que en eso; si nos hubiera presentado algún amigo en común, a los pocos días no nos acordaríamos ni del nombre de la otra. El modo en el que conoces a alguien, marca vuestra relación, y mucho. Por eso sé que nuestra amistad no depende de nosotras, que es mucho más fuerte que las fuerzas humanas.

Mantener una amistad entre dos personas que comparten los mismos gustos, es demasiado fácil. Seguir queriendo con las mismas fuerzas a una persona cuando la ves todos los días, es algo que casi nadie puede remediar. Pero querer incluso más cada día a alguien a la que a penas ves lo equivalente a unos dos meses a lo largo del año, a alguien con quien puedes estar días e incluso semanas sin hablar y que todo siga igual... es algo de lo que no todo el mundo puede permitirse el lujo de presumir. Y menos cuando tu concepto de "estrés" se traduce en miles de leyes por leer y tochos de folios por estudiar, y el de ella se refiere a mil fotos por hacer e infinitos dibujos y trabajos que realizar. 

Para expresarse, a ella le basta un lápiz y un papel en blanco; yo, en cambio, necesito un teclado... y mucha paciencia. Ella se acuesta temprano para comenzar su jornada madrugando; yo trasnocho trabajando, y me despierto cuando ella ya está en clase. Ella se ganará la vida delante de un ordenador; yo, entre juzgados y despachos. Yo siempre tuve clara mi vocación; ella no la encontró hasta hace dos veranos. Ella solía ser una rebelde inconformista; yo jamás me salí del "niña buena". Ella siempre ha querido volar lejos de casa; mientras que a mí me aterra la idea de abandonar Cartagena. 

Y diréis: siendo tan diferentes, ¿realmente merece la pena mantener una relación así? Sí, merece la pena. Merece la pena cuando tu amiga va por toda su Universidad cargada con 4 libros enormes para ti. Merece la pena cuando te acompaña a pasar una tarde entera en una librería eligiendo libros. Merece la pena cuando en un ataque friki le dices que quieres un Sinsajo y a los pocos meses te lo regala. Merece la pena cuando, a pesar de su mala memoria, nunca nunca falta su llamada el 2 y el 16 de agosto. Merece la pena cuando después de un día agotador, ella te está esperando en el ordenador para hablar de cualquier tontería. Merece la pena cuando ella está triste porque, tras unos días juntos, su novio se ha vuelto a ir a su ciudad, y tú finges que no tienes nada que hacer para hablar con ella e intentar hacerla sonreír.

Pero sobre todo, merece la pena cuando después de nosécuántos años, cuando alguien dice "amistad", la primera imagen que te viene a la cabeza es la de ella.

Este año no pretendo hacerte llorar, sólo quiero que tengas claras unas cuantas cosas; para siempre. Aunque no suela decírtelo, te echo de menos cada día que pasa desde que nos despedimos. Pero al mismo tiempo estoy feliz, porque sé que, aunque estés lejos, estás disfrutando de tu vida de universitaria, que has conocido a muy buenas personas y que te cuidan y te quieren. Y sé que eres feliz haciendo lo que más te gusta. Llegarás muy lejos, a donde quieras. Tienes un don, aprovéchalo como tú sabes. Sigue con tus fotos y tus trabajos. Y recuerda que siempre voy a estar aquí cada vez que me necesites. Y cuando digo siempre, quiero decir siempre. 

Ah, por cierto... ¿te he dicho alguna vez que te quiero? 


Cuando sufras, aquí me tendrás;
No dejaré de estar contigo, ya verás.

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