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viernes, 25 de mayo de 2012

Y entonces... explotas.

Porque yo no valgo para hacer las cosas altruístamente durante toda mi vida. Porque todos tenemos un límite, y creo sinceramente que estoy llegando al mío en muchos aspectos. Desgraciadamente poca gente hay que se dé cuenta, si es que realmente hay alguien. 
Vivir en una eterna espera de algo que nunca termina de llegar no es nada fácil. Yo creía ser más fuerte que todo esto, pero empiezo a comprobar que no. Que todos necesitamos a alguien que nos ofrezca un hombro de vez en cuando, y nadie es lo suficientemente fuerte como para soportar la inexistencia de esa persona. Al menos no durante tanto tiempo. Porque la teoría es muy bonita, y todos nos la tenemos demasiado bien aprendida; pero cuando llegas a la práctica... ¡ah, amigo! No contabas con lo cuesta arriba que es todo, ¿eh? 

El problema es que empezamos a exponernos al mundo real demasiado tarde. Desde pequeñas nos hablan de la historia con final feliz, del príncipe azul que va a hacer que merezcan la pena el resto de tus días y al que reconoces nada más empezar la película, del vuelco inesperado que hace que todo sea perfecto en el momento indicado. Luego llegas a la vida real y te preguntas dónde están todas esas cosas. Te preguntas si es que tú no eres lo suficiente buena como para que te pase todo eso, que si es que no te lo mereces.  Y te autoconvences a ti misma diciendo que claro que te lo mereces, y que por supuesto que llegará... sólo que ahora no es el momento. Claro, ahora no es el momento. Y decides esperar. Y pasa el tiempo. Y sigues esperando. Entonces te preguntas... ¿cuándo será el momento? 

Porque dicen que, si a pesar de todos los corazones rotos, de todas las desilusiones, de toda la vergüenza pasada, tú sigues manteniendo la esperanza... nada habrá sido en vano. Y quizá tengan razón. Pero eres incapaz de verlo, porque tu orgullo te impide seguir esperando. Algo dentro de ti te dice que tú vales más que todo eso, y que si realmente merece la pena, que te busque él a ti. Porque tú ya estás harta de cambiar de parecer cada dos por tres. Harta de confundirte, de verlo donde no está y de imaginar algo que no existe y que probablemente nunca existirá.

Pero en vez de decir todo esto... Te lo guardas dentro. Te lo tragas y sigues sonriendo. Porque no vas a darle a la vida la satisfacción de descubrir que te está ganando esta partida. No serás tú quien se lo haga saber. Y no por el momento. 

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